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Elites y modernidad cultural en Colombia

Elites y modernidad cultural en Colombia

 



Una minoría letrada

 

 

En el plano cultural, Bogotá es en el siglo XIX una ciudad de escasas grandezas. Es una ciudad pequeña, si se la compara con México por ejemplo, pues para 1870 cuenta apenas con unos cuarenta mil habitantes contra los más de doscientos mil de la capital mexicana. Pero proporcionalmente, Bogotá también cuenta con unas cifras de analfabetismo mayores y una cultura escrita más restringida.

 

 

El Nuevo Reino de Granada no tuvo, durante los siglos XVII y XVIII, universidades públicas de estudios generales, como las que sí había en la Nueva España y el Perú, sino dos Colegios Mayores, fundados en la primera mitad del siglo XVII en Bogotá, que funcionaban como corporaciones universitarias[[SILVA (Renán), « Los estudios generales en el Nuevo Reino de Granada, 1600-1700 », Saber, cultura y sociedad, Bogotá, 1984.]] fuera del control de la política imperial española, muy reticentes a los cambios y reformas insinuadas por los funcionarios ilustrados de finales del siglo XVIII.

 

 

De entrada, la reducida importancia cultural de Bogotá, en términos comparativos, radica en la situación marginal de la Nueva Granada, que sólo adquiere el estatus de virreinato hasta 1740. A lo que se suma la tardía llegada de la imprenta, que sólo llegó a Bogotá en esos mismos años, 1737, traída por la Compañía de Jesús para dotar el Colegio Mayor de San Bartolomé.

 

 

En este panorama, no es de extrañar que los periódicos no empezaran a aparecer sino a comienzos de la última década del siglo XVIII y a desaparecer rápidamente luego de afrontar la consabida escasez de suscriptores, problema que enfrentarán en mayor o menor escala las publicaciones periódicas desde las primeras del siglo XVIII y casi todas las del siglo XIX. El Papel Periódico de Santafé de Bogotá, creado en 1791, anunciaba contar con apenas unos 144 suscriptores, repartidos en el territorio de la Nueva Granada (y no sólo en Bogotá), cifra insuficiente para dar aliento a los esfuerzos editoriales, aún a pesar de ser este un periódico oficial que recibía el apoyo económico de las instituciones virreinales[[SILVA (Renán), Los ilustrados de Nueva Granada 1760-1808, Genealogía de una comunidad de interpretación, Bogotá, Banco de la República, EAFIT, 2002, p. 388 sq.]]. Irrisoria cifra además, si se la compara con los 7 000 ejemplares que podía llegar a tirar un periódico en el México de comienzos del siglo XIX[[Se trata de El Diario de México del 7 de noviembre de 1811, ver GUERRA, (François-Xavier), Modernidad e independencias. Ensayos sobre las revoluciones hispánicas, Tercera edición, México, Fondo de Cultura económica, MAPFRE, 2000, p. 282 sq.]]. Todavía para 1801 según cálculos de Renán Silva, el Correo Curioso no debió superar nunca un tiraje de 300 ejemplares. Mientras por su parte el Semanario del Nuevo Reino de Granada anunciaba en 1809 contar con apenas 160 suscriptores[[SILVA (Renán), op. cit.]].

 

 

Para completar, este cuadro de « subdesarrollo cultural » se vería más desalentador, por cuanto que las de por sí reducidas élites culturales finiseculares, que producían textos impresos y que los consumían (en un círculo cerrado podría pensarse), cayeron en masa fusiladas por el «pacificador» Morillo durante las guerras de Independencia. A ello no se le puede culpar exclusivamente del atraso casi constante de la cultura en el siglo XIX, pero sin duda constituye un hecho que terminó por originar una verdadera ruptura generacional en esta capa social ; ruptura violenta que casi nunca se considera en sus verdaderas dimensiones ni con todas sus implicaciones.

 

 

Las cifras nacionales son elocuentes sobre la situación cultural del siglo XIX. Para 1870 sólo 32 000 niños asistían a las escuelas primarias, es decir apenas el 5,6% del total de la población infantil en edad escolar. (En Ciudad de México en 1820, entre el 48 y el 62% de los niños están escolarizados[[GUERRA (François-Xavier), op. cit.]]). En su mayor parte, los alumnos recibían su educación en primeras letras según el sistema de Joseph Lancaster ; y ante la escasez de maestros bien formados esta resultaba bastante deficiente[[RAUSCH (Jane M.), La educación durante el federalismo. La reforma escolar de 1870, Bogotá, Instituto Caro y Cuervo, Universidad Pedagógica Nacional, 1993.]]. Es decir, que la cultura escrita permanecía aún avanzado el siglo como privilegio de una minoría selecta. De una élite, en el sentido original de la palabra francesa, (proveniente de élire[[MIRANDA (Néstor), « Sobre élites y dos miembros de las élites en los años de la revolución anticolonial de 1850 », Conferencia presentada en la Cátedra Manuel Ancízar de la Universidad Nacional de Colombia, Bogotá, octubre de 2003.]]) ya que el alfabetismo fue durante buena parte del siglo, hasta 1853, condición necesaria para acceder al derecho al voto.

 

 

La vida cultural en Bogotá, sufrirá pues esta limitante, que explica la inviabilidad de la mayoría de las iniciativas por crear instituciones culturales capaces de difundir la modernidad cultural. La « reproducción » de una clase letrada de intelectuales se encontraba como barrera con la inexistencia de un gran público lector, lo que hacía que los cargos burocráticos fueran casi siempre una alternativa más rentable para esta clase letrada que, por ejemplo, la docencia. Esta era dejada para profesores jóvenes e inexpertos o, de otra parte, la acometían las órdenes religiosas. Así la prensa no prosperaba como industria, el libro, como lo señala Fréderic Martínez, continuaba siendo en esencia un bien de lujo, importado de Europa[[MARTINEZ (Frédéric), El nacionalismo cosmopolita. La referencia europea en la construcción nacional en Colombia, 1845-1900, Bogotá, Banco de la República, Instituto Francés de Estudios Andinos, 2001, p. 109.]], y otras iniciativas, como la Academia Nacional, el Liceo Granadino o la Academia Nacional de Ciencias y Artes, más sofisticadas pero más utópicas, fracasarían poco después de fundadas.

 

 

A esta insuficiencia de público, formando una especie de espiral o círculo vicioso, se vendrán a sumar los ciclos de las guerras civiles, que dificultarán enormemente la normalización de las publicaciones seriadas. Los cambios ocurridos en la prensa durante los periodos de guerra civil en relación con los periodos de relativa estabilidad no han sido estudiados, pero con seguridad un seguimiento de estas coyunturas debería arrojar interesantes resultados no sólo sobre el número de periódicos que dejaron de circular, sino sobre los cambios en los intereses y contenidos de la prensa. A modo de ejemplo, el periódico mensual El agricultor, órgano de la Sociedad de Agricultores Colombianos, creada en 1871, fue suspendido « por motivo de guerra » tres veces antes de terminar el siglo : entre 1876 y 1879, entre 1884 y 1890, y nuevamente en 1895. Una guerra que podía durar un año como la de 1876, implicaba una suspensión de otros dos, antes de recobrar la continuidad ; volver a importar papel, restablecer las comunicaciones con los agentes de fuera de la capital y tener las garantías de parte del gobierno implicaban serios atrasos. Así mismo ocurrió con El Mosaico, revista literaria semanal, que sufrió una suspensión de 1860 a 1863 debido a la guerra civil de 1860, y con muchas otras publicaciones[[Las rupturas repentinas de los ciclos editoriales de la publicaciones seriadas se pueden comprobar en BIBLIOTECA NACIONAL DE COLOMBIA, Catálogo de publicaciones seriadas del siglo XIX, Bogotá, La Biblioteca, 1995.]]. El Mosaico, una publicación sobre la cual cabe suponer un relativo éxito, contaba en 1860 con cerca de 400 suscriptores en todo el país, 120 de los cuales vivían en Bogotá, y tenía una red de cincuenta agentes y corresponsales repartidos en las regiones más densamente pobladas del territorio nacional. No obstante haber mejorado la red de difusión de periódicos a nivel nacional, los avances en la difusión de la cultura moderna eran modestos, si se comparan las cifras del Mosaico de 1860 con los citados 300 ejemplares que tiraba el Correo Curioso en 1801.

 

 

Ilustrados y burócratas

 

 

Los ilustrados de la Nueva Granada en el siglo XIX, tendrán pues por su misma condición de intérpretes de la cultura escrita, entre otras, la prerrogativa del acceso a la burocracia del Estado.

 

 

De hecho, la creencia del derecho adquirido a obtener los empleos públicos por el hecho de haber invertido en una educación limitada a enseñar a « legislar y gobernar », será en el siglo XIX una de las explicaciones comunes de las guerras civiles. Esa explicación la daba por ejemplo Mariano Ospina después de la Guerra de los Supremos, en su informe al Congreso constitucional de 1842 :


« Llenas las cabezas de los jóvenes de teorías metafísicas sobre leyes, gobierno y administración, privados de esperiencia y de las informaciones de la historia, guías indispensables para poder juzgar razonablemente en política, ajenos á los conocimientos que pudieran conducirlos con provecho en especulaciones de agricultura, de minería ó de comercio, [...] y arrastrados por la necesidad á ocuparse de lo único que se les ha enseñado, es natural que sólo piensen el lejislar y gobernar, y que no se crean aptos para otra cosa que para empleados públicos. Aunque el número de los empleos esceda en mucho al que las circunstancias del país exijen, es insuficiente para procurar colocación a todos los pretendientes ; resultando de aquí que necesariamente ha de haber un gran numero de personas dispuestas a derribar el orden establecido para ocupar los puestos de que se juzgan injustamente excluidos »[[OSPINA RODRIGUEZ (Mariano), « Esposición que el secretario de Estado en el despacho del interior y Relaciones Esteriores del Gobierno de la Nueva Granada, dirije al Congreso Constitucional el año de 1842 », in FAES, Antología del pensamiento de Mariano Ospina Rodríguez, Bogotá, Banco de la República, 1990, p. 482.]].

 

 

Esta situación (que sufre las modificaciones más sustanciales del siglo, especialmente con la creación de la Universidad Nacional y la Escuela de Minas en la segunda mitad del siglo), justifica dos de las mejores caracterizaciones que se han hecho de la elite cultural colombiana : la de los presidentes gramáticos del XIX y la de la ciudad letrada, que vale no sólo para Colombia sino para la América hispánica.

 

 

Sobre la primera, Malcolm Deas pone en evidencia cómo las competencias regulares de los funcionarios públicos, distintas del poder de dirigir las tropas, eran del orden gramatical : muchas veces, el desconocimiento de la gramática y del latín eran usados para descalificar a los opositores en los debates del Congreso y en la prensa. La importancia de las competencias gramaticales, llegaba al punto que los presidentes civiles de finales del siglo XIX, como Miguel Antonio Caro y José Manuel Marroquín, significativamente fundadores de la Academia de la Lengua, comenzaron su trayectoria pública en las letras : descollando Caro como traductor de Virgilio, y Marroquín como redactor de un popular manual de ortografía del español. Ambos, como lo señala Deas, descendían de funcionarios coloniales para quienes del mismo modo el arte de gobernar estaba estrechamente relacionado con la facultad de escribir[[DEAS (Malcolm), « Miguel Antonio Caro y amigos : gramática y poder en Colombia », en Del poder y la gramática y otros ensayos sobre historia, política y literatura colombianas, Bogotá, Tercer Mundo editores, 1993, p. 25-60.]].

 

 

La « imagen » de la ciudad letrada, por otra parte, elaborada por Angel Rama, representa a las elites como habitantes de una ciudad dentro de la ciudad, amuralladas por la distinción que les confería la propiedad de la cultura escrita « en un medio desguarnecido de letras ». El modelo de ciudad letrada que se constituye en la Colonia[[« En el centro de toda ciudad, según diversos grados que alcanzaban su plenitud en las capitales virreinales, hubo una ciudad letrada que componía el anillo protector del poder y el ejecutor de sus órdenes. Una pléyade de religiosos, administradores, educadores, profesionales, escritores y múltiples servidores intelectuales, todos esos que manejaban la pluma, estaban estrechamente asociados a las funciones del poder y componían lo que Georg Friederici ha visto como un país modelo de funcionariado y de burocracia », RAMA (Angel), La ciudad letrada, Hannover, Editorial Sur, 1984, p. 25.]], se extiende en la República, con la burocracia estatal. La historia del Estado en el siglo XIX, sería para Rama hasta cierto punto, la de las pugnas individuales para acceder a él llevadas a cabo por intelectuales que pertenecían a la ciudad letrada pero que se hallaban excluidos de la burocracia. Las disputas entre intelectuales, asimismo, tendrían como fondo principal la depredación de los cargos públicos. Las críticas que por ejemplo elevaron los criollos ilustrados en la época de la Independencia contra los españoles que ocuparon el centro del poder en la época colonial tendrían asimismo como objetivo tácito la disputa por el control burocrático del Estado.

 

 

Modernidad cultural y guerras civiles

 

 

La representación de las élites letradas latinoamericanas, como la de Rama, subrayan la forma como se mantiene en el poder una minoría selecta, por la vía del control o incluso la « sacralización » de la escritura e incluso explican las luchas internas de esas elites por el poder. Pero deja de lado el proceso modernizador, que a pesar de todo existe, aunque las más de las veces como puro simulacro, pero también como ideal, en el discurso nuevo, igualitario e incluyente del siglo XIX.

 

 

A pesar de las recurrentes contradicciones de estos intelectuales, dadas en buena medida por un medio social adverso, transcurre esa lenta, tortuosa y desigual marcha hacia la modernidad cultural, que sin embargo es una aspiración constante.

 

 

En el paso de la política tradicional a la política moderna, señala F.X. Guerra, suele darse una convergencia de transformaciones en el plano cultural y político. Tanto la forma en que los hombres se asocian, como los avances o retrocesos en la alfabetización y en la circulación de periódicos y libros, relacionados con la emergencia de la « opinión pública », condicionan los ritmos de esa transformación hacia la modernidad política. Modernidad cultural por una parte, y densidad de sociabilidades modernas, por otra, son indicadores cruciales que avanzan con las transformaciones que conocieron las sociedades salidas del molde de Antiguo Régimen, como las latinoamericanas.

 

 

Ahora bien, lo que puede inferirse de estos « indicadores » de modernidad cultural, es apenas un panorama escueto, en buena medida elocuente, pero de una elocuencia apenas limitada. En otras palabras, no basta la pertenencia a la minoría selecta de letrados para deducir una adhesión por parte de estos a los principios de la modernidad. La recurrencia a las guerras civiles está ahí para probarlo.

 

 

Los creadores de los partidos políticos, miembros conspicuos de las elites letradas, y punta de lanza de la «modernidad cultural» no limitaron la participación de los partidos en las guerras sino que por el contrario, organizaban a los partidos a un mismo tiempo para la guerra y para las contiendas electorales. A su modo de ver ambas eran formas « legítimas » de alcanzar el poder. Así, por ejemplo, el ya citado Mariano Ospina Rodríguez, cuando hablaba de la necesidad de crear un partido con una dirección unificada, en 1849, sostenía esta dualidad :


« [...] Dos medios hay para llegar al poder - las elecciones y la fuerza ; el modo de poner en acción las fuerzas del partido sería el objeto de la dirección, respecto de cada uno de esos dos medios »[[FAES, Antología del pensamiento de Mariano Ospina Rodríguez, op. cit., p. 26.]].

 

 

¿ En qué medida es esto una contradicción con la fe depositada en la educación como vector de modernidad y garantía de las instituciones republicanas que expresó el mismo Ospina en otras oportunidades ?


« Yo ciertamente soy de los que miran la instrucción general, la educación del pueblo, como uno de los objetos más importantes y privilegiados a que puede dirigir su atención el gobierno ; como una necesidad primera y urgente ; como la base de todo sólido progreso ; como el cimiento indispensable de instituciones republicanas »[[Ibid.., p. 7.]].

 

 

La guerra era fruto de una legalidad tácita. Un derecho que se había hecho « consuetudinario » por decirlo de alguna manera, después de la crisis que conoció la Nueva Granada durante el proceso de la Independencia. Todavía el siglo XIX conocerá de modo permanente las embestidas de « pueblos » que se pronuncian contra los cambios que afectan al orden establecido.

 

 

Las mismas guerras tendrán además una motivación adicional y supremamente fuerte en la defensa de la fe de la comunidad. El mismo Ospina, después de sufrir la derrota de los conservadores en la guerra civil de 1851, se plantea la necesidad de respaldar su partido no en la clase de los terratenientes, con la que se da cuenta que no puede contar como aliado, sino en la masa de creyentes : único remedio para contrarrestar a los liberales[[« La única bandería conservadora que tiene vida y muestra resolución y vigor es la que obra por sentimientos religiosos. El rojismo no tiene más enemigo que le haga frente en la Nueva Granada que el catolicismo» citado en COLMENARES (Germán), « El conservatismo y sus fuentes », Eco Revista de la cultura de occidente, Tomo XII/1, noviembre de 1965, p. 19.]]. Entrada la guerra al nivel del fanatismo, esta se haría verdaderamente popular.

 

 

Las guerras del siglo XIX no son de ideas propiamente hablando, sino una lucha librada sin cuartel entre doctrinas irreconciliables ; entre el bien y el mal. El vacío de una verdadera opinión pública, se llenaba con el rumor, típico de sociedades donde aún reina la oralidad. Pero este invadía a su vez a la prensa misma, que no por ser minoritaria es necesariamente calificada. En el paso de la oralidad a la escritura se quedan por fuera sectores grandes de población, los analfabetos, pero este cambio por sí mismo no basta para trastocar la calidad de la comunicación. Ya lo decía Ospina, la educación era deficiente : los que opinan y gobiernan estaban « privados de esperiencia y de las informaciones de la historia... ». Siendo minoritaria, la cultura no es propiamente aristocrática.

 

 

Conclusión : Modernidad cultural e imaginarios

 

 

Fuera del lento y difícil proceso de consolidación de un sistema educativo moderno, algunos intentos por formar una tradición cultural en la clase alta, se dan por impulsos discontinuos, apoyados en círculos de la elite letrada, dirigidos a la formación del « buen gusto » de los lectores. Así ocurre con la citada revista del Mosaico, que traduce entre otras la preocupación de algunos intelectuales por difundir el estudio de la historia patria a partir de fuentes documentales y el estudio y la crítica de las « mores »[[GORDILLO (Andrés), « El Mosaico, 1858-1872. Elites, cultura y nacionalismo en la segunda mitad del siglo XIX », Fronteras de la Historia, Bogotá, en prensa.]].

 

 

Los imaginarios de los letrados de la época estarán poblados de este tipo de literatura « ejemplarizante ». Pero las fuentes de donde toma ejemplo el público ilustrado, son muy variadas. Los catecismos, como el del padre Astete, los códigos de urbanidad y buenas costumbres, los discursos higienistas... Forman también el conjunto del imaginario de la modernidad en Colombia. No se conocen estudios como el de Renán Silva[[SILVA (Renán), op. cit.]] sobre las bibliotecas de los ilustrados de la era independiente. Los imaginarios de estas elites culturales, su universo de referencias podría aclararse bastante con un estudio semejante. Así se podría dar continuidad al estudio de la modernidad cultural, que F.X. Guerra exploró e interpretó en su libro Modernidad e independencias, especialmente para el caso mexicano y español, abriendo una línea de investigación que se encuentra poco explorada en Colombia.